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EL BESO DIDÁCTICO

         

          Creo recordar que fue en el año ochenta y dos la primera vez que estuve en tu clase, rodeado de estudiantes que triplicaban mi edad. Todavía era pronto para iniciar mi etapa escolar y me bastaba con asistir, ocasionalmente, a tu aula como invitado, permitiendo ser el juguete de aquellos bulliciosos chavales de quinto de EGB, que carecían de tablet, móvil o videoconsola, pero que eran capaces de inventar juegos con una cuerda, jugar al fútbol con un bote o divertirse con una tiza.

          Un año después, me comunicaste que tenía que cambiar de escenario, alejarme de ti para formar parte de otro grupo, esta vez de mi misma edad, y de otro maestro. Me explicaste los motivos, los entendí, pero no me convencieron. Desde mi pueril razonamiento, me costaba aceptar que no fueras tú.

          El primer día, nada más entrar a ese espacio llamado parvulario, ocupado por infantes con babis verdes y narices henchidas de mucosidades, me derrumbé. Toda la mañana estuve llorando, deseando que fuera un error y regresaras para rescatarme, que aparecieras para salvarme de lo desconocido. Solo un día retirado de ti y ya te echaba de menos.

          Pasaron los años y la perspectiva permutó, me fui adaptando a esa distancia que nos separaba en el colegio, porque únicamente me aparté de tu clase, no de tu mano, a la que seguí pegado, aferrándome a unos dedos que tenían el poder de liberarme del miedo con solo apretarlos.

          Los cursos avanzaron aceleradamente, como avanza la infancia, y finalmente no volvimos a encontrarnos en un aula. Nunca te lo conté, pero era lo que más deseaba, especialmente cuando escuchaba a tus alumnos decir lo bueno que era don Emilio y todo lo que aprendían con él. Rabiaba de envidia, porque eras su maestro y no el mío, al menos eso pensaba entonces.

          Mi escolarización culminó. Tú seguiste ejerciendo docencia, haciendo magia en los pupitres, convirtiendo palabras en enseñanzas y acciones en ejemplos, mientras yo continué mi formación, en aulas distantes, perdiendo definitivamente la oportunidad de ser tu pupilo.

          Equivocadamente, viví pensando que fue así, que no llegaste a ser mi maestro, a pesar de que te tuve más cerca que a ningún otro, a pesar de haberme embebido de tu praxis y asimilado, de forma invisible, tus dictados.

          Todo cambió décadas después, una fría tarde de Marzo, que no solo heló los huesos. Me situé frente a ti, acaricié tu diezmado cabello y te entregué mis lágrimas, cuando no podías verlas; te regalé las más bellas palabras, aprovechando que no eran escuchadas. No fue tu presencia, sino tu ausencia lo que me hizo despertar. No fue el dolor, sino el amor lo que logró el discernimiento.

          Una simple fricción me impregnó de la sabiduría contenida en la piel de un docente, que ni siquiera inerte podía dejar de ilustrar. Ese último beso didáctico fue más revelador que cientos de estériles oratorias recibidas en la universidad, y comprendí que tus enseñanzas no morían contigo, sino que seguían vivas en los vástagos de cada uno de tus estudiantes, recorriendo su savia los discursos de sus padres que, a la vez, fueron los tuyos.

          Descubrí que no es necesaria un aula para enseñar y que las mejores historias no se encuentran en los libros de texto; entendí que tus clases fueron particulares y las lecciones perpetuas; aprendí que hay personas capaces de instruir incluso con el silencio.

          Aquel diecinueve de Marzo, cuando separé los labios de tu frente, supe con certeza que no solo me estaba despidiendo de mi padre, también de mi maestro.